En lo más hondo de mi subconsciente está el comienzo. Unos peces raros besan la profundidad del mar.
Abro los ojos.
El horizonte. Corro hacia él sin ganas de acercarme sino desaparecerlo sin darle la espalda. Los arrecifes, burbujas de aire, los pliegues de luz. La abstracción del liviano silencio. Oscuridad.
Un repentino recuerdo de los tobillos de la chica que camina a la orilla del mar, conozco su forma de caminar por las huellas que borré al mojar sus pies.
La última vez era un viejo sin huellas, con los pies enterrados en la arena. ¿Cómo explico el fenómeno? Es muy diferente que empujar una tabla alargada de colores chillones, que bajarle el bermudas a un adolescente, destruir unos bultos de arena con formas difíciles de comprender o arrastrar objetos hechos de material irritante.
O aquella vez que eran tantos pies que no tuve de otra que ser fragmentos resbaladizos.
Aquí, en la profundidad olvido, reinicio la paz. Pero la eternidad no es permanencia, es inercia. Un surtido de idas y vueltas.